Me siento ante esta hoja en blanco para recordar a dos personas, sacerdotes, cuyos funerales se oficiaron ayer miércoles. El primero al que quiero hacer referencia es a Don Exiquio Martínez, profesor de Antropología Filosófica, en el Seminario Mayor de León. Siempre recordaré su ternura, su paciencia y su capacidad para motivar a sus alumnos a enfrentarse a Emerich Coreth “¿Qué es el hombre?” D.E.P

El otro sacerdote y filósofo cuyo funeral celebramos ayer es Don Francisco Fontecha, principal valedor para que haya iniciado mi interés por la filosofía. ¿Qué se escondía tras la mirada profunda de aquel hombre? “Un pozo de sabiduría” Era un hombre profundo, de carácter, al que la vida no le sonrió en exceso y a la que siempre le mostró una búsqueda de la amistad, del arraigo, de un sentimiento de familia.

Recuerdo sus clases en las que ni las moscas se movían. Sus apuntes, amarillos, cuya libreta abría pero a la que nunca prestaba ni un mero vistazo. Sabía lo que quería decir, estaba muy adentro y el conocimiento fluía por su cabeza, por sus venas…

Recuerdo cuando pidió voluntarios para ordenar los artículos que había apilado y recopilado durante tantos años. Fuimos a su casa tres seminaristas y en aquellas conversaciones en los butacones de una casa en la que el polvo no entraba porque los libros no le dejaban espacio, era capaz de hablar durante mucho tiempo, que a mí se me hacía muy corto. Contaba anécdotas, nos mostraba artículos, amonestaciones episcopales… vivía todo con una intensidad tremenda que le hacía, incluso, sufrir.

Recordaba sus encuentros con Gabriel Marcel, con Don Fernando Sebastián… pero lo que más hacía era transmitir conocimientos, vida, espíritu crítico.

Una vez dejado el Seminario continué visitándole por la Calle Varillas, ese piso lleno de libros y de ternura cada vez que me abría la puerta y recordábamos “viejos” tiempos y a Rosi (la de Ciñera) que tantas veces fue a su casa a acompañarle.

Te hemos rendido homenaje, sobrio, discreto, como a ti te hubiese gustado. Desconozco si los “títulos te los metieron debajo del culo” pero lo que nadie hizo fue “aplaudir en tu funeral” no sea que como amenazabas… te fueras a levantar. Ahora ya no habrá “más horas taurinas” para hacer los exámenes pero siempre quedará el legado de “mi querido profesor”.

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